
Cuando llegamos al local, sonaba reguetón trancado. Cientos de adolescentes prematuramente ebrios se contoneaban en frenesí...Ups, como que sí debimos tocar más temprano.
-Dj porfa, bájale dos a la moña, que nuestro set empieza con una balada rock.
Mirada de odio como única respuesta.
Encomendados al cielo, empezamos a tocar. Se escuchaba francamente mal, a pesar de los esfuerzos de TT, JC y Z, “La escuelita del rock”, mis amigos que casualmente estaban ahí y salvaron la patria con el sonido. La cónsola era un chiste. El local está prácticamente sobre el agua y producía una tierra espantosa. Además había serios problemas de corriente.
En un arranque de hippismo, se me ocurrió quitarme los zapatos y hacer comentarios al público de lo libre y feliz que me sentía en la isla.
Bueno, una vez descalza, cada vez que mis labios tocaban el micrófono, me pegaba un corrientazo. OUCH!
A la quinta canción una sección del público, que había planificado pasar todas las horas de vigilia de su SS bailando reguetón, vio su paciencia agotada y comenzaron los gritos de –Fuera, fuera! y –Diyei, diyei!
Así mismo.
Terminé el tema, agarré mis tacones y me bajé con la cabeza en alto.
Mis adorables amigos me consolaron con innumerables anécdotas propias y ajenas: ¿Sabías que una vez, en un festival de Death Metal le pegaron a Los Amigos Invisibles? Si claro, eso fue en Huitacloxtsepx, y a los Rolling Stones los bajaron a pepazos de mamón chupado.
Apenas puse la cabeza en la almohada y todo quedó en silencio, se me escaparon un par de lagrimitas. Respiré profundo y me prometí dejarlo todo atrás.
Al día siguiente tenía que cantar frente a más de 500 personas y no podía permitirme perder la confianza.
